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Monday, April 04, 2011

El deportista

El deportista
Paco Espinoza

Una tarde Fernando decidió no volver a jugar Futbol con la vieja pelota de cuero ríspido. Juró conseguir una propia sin importar el precio, así se ganaría el respeto de los Yoris que tanto desdeñaban su piel oscura y hacían burla de sus “patas de adobe”, sus pies gruesos, descalzos. Por ello sufrió mucho, trabajó hasta exprimir sus brazos y arrancó tanto algodón como pudo en aquellas vacaciones para regresar a la escuela con un balón, si bien no nuevo definitivamente en mejores condiciones.

Pero el recelo no se hizo esperar y una patada mandó las esperanzas de aceptación a desinflarse entre las choyas del monte. La respuesta fue natural, Fernando se agachó y tomó aquellos pedruscos redondos que impactaron precisos en las molleras de sus rivales. Alguien le auguró un futuro como lanzador al ver tal encono, y mucho tiempo después, allá en las grandes ligas del Beisbol, el nativo de Etchohuaquila seguía encontrando en el guante de los cátchers aquellos rostros de su infancia.


Microficción escrita como parte de un taller impartido por Mario Meléndez

Crónica de una esquina de Ciudad Obregón

Crónica de una esquina de Ciudad Obregón
Paco Espinoza

Me lo presentaron en la esquina más transitada de la ciudad, cubría su rostro con una mascarilla medica para evitar contaminar los hotdogs que preparaba, pero igual recibía el pago correspondiente y daba cambio para después voltear el pan sobre el comal sin eufemismo sanitario alguno. Sus amigos le llamaban El Chapo, otros por su nombre de pila, Ariel, y cuando no estaba presente nos referíamos a él como El Tigre, que tenia por rayas varias cicatrices en sus brazos, su colmillo era largo y lo demostraba en el ring de lucha libre. No combatió monstruos del imaginario, mucho menos causas sociales, pero puso en su lugar a algún cafre del volante colectivo, y cuenta el rumor, no le importó que casi le doblaran en tamaño y peso. En esa esquina se platicaba de encuentros pasados y mascaras, de promotores caciques y caiditos para vivir al día, el compadrazgo era cosa de rudos, y yo, aficionado a las luchas, mandaba al carajo toda higiene.




Microficción escrita como parte de un taller impartido por Mario Meléndez

Ir al cine solo...

Ir al cine solo…
Paco Espinoza

Ir al cine solo, es decir sin acompañante femenina, es un discurso magnánimo al fracaso. De seguro así lo piensan todas las parejitas que me acompañan en el lento camino a la taquilla. Me apresuro a tomar la mano de mi sombra y la acerco junto a mí, con ese jaloneo que se merece quien prefiere estar en otro sitio pero no se lo permitimos. Con boleto en mano me alejo de aquella fila donde evito contacto visual, prefiero no alentar ilusión alguna de interpretar aquella Noche de los feos que escribiera cierto uruguayo.

Al acercarme a la sala, por lo general encuentro a alguien del trabajo con una entusiasta vida social que se sorprende hasta el escarnio de verme incluso sin palomitas. ¿A poco vienes solo? Me pregunta con esa sonrisa que exprime los parpados de una mirada condescendiente hasta la hipocresía.

Afortunadamente cuento con una especie de reputación como cinéfilo y puedo evadir el acto de fe en esta inquisición de relaciones interpersonales. Alego que es algo común en mí porque acostumbro películas “independientes”, pero no comprenden el término y les comento que son películas “poco comerciales”, lo cual crea mayor confusión y por tanto tengo que decirles que me refiero a las películas de arte, confiando en que les suene a “harte”. Después de malgastar saliva y perderme los avances antes de la película, disminuyen las increpaciones y aprovecho cualquier excusa fortuita para entrar a la sala con el filme de trama sugerentemente contestataria. Busco el rincón más oscuro, pues por lo menos le debo a mi sombra un lugar agradable para que haga mofa de la situación.

Y juntos, yo, mi sombra y tanta soledad, de improviso escuchamos pasar entre luz y butaca, el pegajoso caminar de aquel cuadrúpedo siamés unido por los labios al que tanto envidio y por el que he terminado nuevamente en otra fila, esta vez frecuentada por padres abrumados o solitarios hasta el desahucio que prefirieron tramitar una membresía para rentar un poco de compañía.


Monday, June 07, 2010

Lecturas de Horas de Junio - 2

La última entrega
Por Paco Espinoza

El repartidor, agobiado por su vida ajetreada sin un momento de descanso, encontró en aquel bosque una calma inigualable. Millones de mariposas le rodearon. Extasiado por la belleza de un arcoiris vuelto aleteo, suspiró renovado. Aquellos seres que renacen en vida, transmutaban de serpiente a ave. Había escuchado que incluso su ADN se modificaba. Que mejor símbolo para dejarlo todo y volver a comenzar. Entregó la caja envuelta en logotipos y slogans. Seria el último trabajo para aquella agencia de paquetería. Se dedicaría solo a eso que le diera una libertad a su alma, digna de un vuelo bendito.
Desafortunadamente aquel paquete contenía un poderoso insecticida que acabó con la población de mariposas de aquel bosque. Afortunadamente el alma de tales insectos se había salvado al anidar en el corazón del hombre que ayudo a su extinción.

Mi Medicina
Por Paco Espinoza

Sus palabras no tenían sustancia activa, pero que buen placebo eran



Textos leídos en la apertura de actividades del Encuentro Hispanoamericano de Escritores Horas de Junio, sede Guaymas Sonora. 04 / 06 / 10

Sunday, May 09, 2010

Cuatro de Cinco - ll

CUATRO DE CINCO
Por: Paco Espinoza

II

Salí de la universidad siendo Licenciado en Sistemas, destinado a trabajar en un área con computadoras. Si bien no sabría cuando oliera algo a quemado, podría tener cierto control sobre las cosas antes de que sucedieran. Que diferente a trabajar con químicos o alimentos, donde el olfato es una necesidad.

Pero no me la he vivido entre cables, computadoras o Internet. Me gusta leer, y aunque no lo hago tanto como quisiera, lo hago tanto como puedo. Comencé a visitar el puñado de librerías que hay en la ciudad y a visitar las escasas secciones de libros en las tiendas departamentales. Me he dado cuenta de que prefiero los cuentos cortos, no ocupo mucho tiempo en ellos. Para leerlos no hay como una cafetería que hace tiempo encontré. Con buen ambiente, buen servicio… y ella. Una chava a quien siempre encuentro con una novela y un vaso de café helado. Suelo llegar casi junto a ella, minutos antes o instantes después, siempre el mismo día de la semana.

No puedo evitar pensar en ella, pero tampoco me atrevo a acercarme.

No puedo tocar su piel más allá del roce pasajero y cotidiano, como un par de animales enjaulados de camino al matadero. Es un roce que lo último que puede significar es afecto.

No puedo verla sin que ella sienta el peso de mi mirada y me encuentre espiando para después sentir incomodidad y retirarse. No me gustaría representar algo negativo para ella.

Cuando la encuentro es raro que hable con alguien más... y aunque sus comentarios no tienen sentido para mí, su voz es un regalo de la naturaleza, apenas y un par de veces en estas semanas se ha encontrado acompañada... bien lo digo, un regalo de la naturaleza que sólo se pude disfrutar cuando una cantidad infinita de variables se conjuga, como el caer de la lluvia, el ruido del viento, el vaivén del mar.
Me carcajeo para mis adentros en el recorrido de mis cinco sentidos... No soy un caníbal.

Respiro tan hondo como puedo después de ese pensamiento y me doy cuenta de que el máximo contacto que podría tener con ella sería disfrutando su aroma… y eso no puede ser.

Y allí estamos dándonos la espalda. Lo mejor que se me ha ocurrido: estar a un par de pasos, mirando en direcciones opuestas y separados por el vacío entre dos sillas.

Sería tan fácil hablarle, sacarle plática y ver si congeniamos… decirle que huele rico su perfume… aunque de seguro me daría un estrellón cuando me respondiera que no usa tal… podría decirle entonces que su aroma natural es tan exquisito como las más fina de las fragancias y que por eso trato de sentarme cerca de ella.

Después de comentarle algo así, o nos besamos apasionadamente o decide nunca regresar a este lugar, donde un inoportuno degenerado la molestó.

Es mucho el riesgo… tengo miedo de perderla a pesar de que no ha sido mía, no todavía.

Me han dicho que se puede reconocer a una persona por su olor. Si yo pudiera hacerlo que agradable sería estar en otra ciudad, tal vez en otro país o continente, y en medio de la calle o caminando por la banqueta reconociera su aroma, la buscaría y haría lo posible por tropezar con ella. Me disculparía y cuando ella me dijera que no me preocupara, le diría que la conozco de algún lado, como paisanos le invitaría un café. Es tan pequeño el mundo que sólo hay que pensarlo para que suceda.

Si… eso sucedería en algún momento, cuando yo tuviera más valor.

Escucho el ruido de su silla mientras choca ligeramente con la mía. Volteo de reojo para verla salir y cruzar los ventanales del café. Nunca más la vuelvo a ver. Que delito se puede llegar a cometer en la vida pasada para pagar esta condena en la vida presente, se me priva de la única manera de recordar a alguien que significa mucho y significa nada.

La vida continúa. Ahora leo en el parque, esperando a alguien que no llega nunca.


(continuará)


Cuento publicado en la revista Yuku Jeeka #53 / Cd. Obregón, Sonora / Diciembre 2008

Sunday, May 02, 2010

Cuatro de Cinco - l

CUATRO DE CINCO
Por: Paco Espinoza


“No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”
Con la frente marchita de Joaquín Sabina



I

No me sirve del todo la nariz. Nunca aprendí a usarla para oler. Identifico los sabores en mi paladar al comer, pero no en mi nariz al tratar de olfatearlos. De niño me ofuscaba escuchar a mis hermanos o a mis padres comentando lo bien que olía la comida. Les preguntaba a que olía y me decían que al mismo sabor que tenían.

¡ Ah carajo ¡ pero ¿ cómo saborear algo si no es con la boca?

Me preguntaba por ejemplo del limón, que dicen que huele tan bien, pero es ácido ¿por qué nadie arruga su cara al olerlo? No ubico a los alimentos en su hervor. Se puede decir que las carnes al ser cocinadas o la frutas al ser cortadas se evaporan y liberan sus almas, vagan en la atmósfera visibles para todos, menos para mí.

¿Y cómo saboreo aquello que no puedo comer?

Las rosas que usan para demostrar amor o para aromatizar un cuarto, para mi es solo un adorno, como una fotografía en la pared o una cerámica de tocador. ¿Qué hay en sus pétalos que enternece a quien la huele después de recibirlas?

Y la tierra mojada que anuncia la lluvia, que para mi es sólo un aire fresco y humedad en el ambiente, para mis hermanos es la señal inminente del aguacero, y no necesitan escuchar truenos o ver la lluvia caer o sentir las gotas en su piel.
No sé si tengo privado tal placer, o es algo que simplemente nunca aprendí a hacer.

Cuando visitaba a mi abuela, paseaba con ella en su jardín y me presentaba a cada una de sus flores, me restregaba en la cara la albahaca, la ruda o el orégano - ¿Pero cómo que no las hueles? – se preguntaba, y ahí estoy, como en la limpia de algún curandero. Siempre le parecía raro, pues me comentaba que de más chico nunca me había enfermado de gripa, ni mucho menos había sufrido se sinusitis.

¡Ah!, pero pobre de mí por tener este don. Me tocaban siempre las tareas más asquerosas del rancho. Que una cosa es no oler y otra no ver horrores tan nauseabundos. Todos me elegían para la faena del chiquero. Un coscorrón y ¡Órale!, a limpiar aquello que mi madre no soportaba ni al oírlo mentar, que importa que hubieran sido mis hermanos los culpables. Ellos siempre encontraban la manera de hacerme desatinar y más cuando nos fuimos a vivir a la ciudad. Estando en la secundaria había ocasiones que salía mi madre muy temprano, y uno de flojonazo no le daba el uniforme para ser planchado. Y ordenado que es uno con su ropa, tenía una montaña de trapos donde era imposible saber cual era la limpia y cual era la sucia. Mis hermanos fácilmente olían aquella que encontraban recién traída del tendedero, yo les tenía que pedir ayuda para que dijeran como estaba la que había tomado. Ellos indiferentes la olían y me indicaban que estaba limpia.

Y ahí voy de camino a la escuela. Pasaba entre las niñas y hacían caras feas... me ponía nervioso... los amigos se quedaban extrañados al acercarme a ellos, y los grandulones me daban sapes diciéndome:

¡Apestoso!

¡Ya báñate!

¿Qué no conoces el agua?



Y regresaba a la casa, regañado por algún maestro. Mis hermanos se carcajeaban cuando le comentaba a mi madre, quien sólo hacía un coraje y me ordenaba de la manera mas marcial posible que me quitara la ropa y la pusiera en el lavadero.

¡Esos méndigos!

Pero eso si, no taparan el retrete con sus descargas propias de un dompe porque me pedían que me encargara de destaparlo. Y ya para esos tiempos era regla que quien la hacia la pagaba... era algo asqueroso para ellos, pero gracias a eso me pasaban a deber un favor que sabría muy bien cuando referirles.

Sí, pude crecer sin depender de mi nariz más que para respirar.

(continuará)


Cuento publicado en la revista Yuku Jeeka #53 / Cd. Obregón, Sonora / Diciembre 2008